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Una adolescente escribe en un cuaderno en su escritorio de estudio.

Seguro que la escena os resulta familiar: son las siete de la tarde, la mochila sigue cerrada en una esquina y la pregunta "¿has hecho los deberes?" ya ha salido de vuestra boca tres o cuatro veces. Al otro lado, un "ahora voy" que nunca termina de llegar. Si os pasa, tranquilos: le pasa a muchísimas familias.

Acompañar a un hijo o a una hija adolescente en sus estudios no siempre es fácil. A estas edades quieren más autonomía, pero todavía necesitan que alguien les ayude a organizarse y a mantener el ritmo. La buena noticia es que no hace falta ser profesor ni saberse todas las asignaturas para ayudar de verdad. Lo que más cuenta es la actitud, la constancia y algunos pequeños hábitos que se pueden construir en casa. Desde el Departamento de Orientación queremos compartir con vosotros algunas ideas que, en nuestra experiencia, funcionan.

Un lugar, una hora y el móvil lejos.

No hace falta un despacho ni un escritorio de catálogo. Basta con un sitio tranquilo, con buena luz y con el material a mano, de forma que no haya que levantarse cada cinco minutos a buscar una regla o un cargador. Lo importante es que sea siempre el mismo lugar: con el tiempo, sentarse allí se convierte en una señal de que toca concentrarse.

Con el horario pasa algo parecido. Si cada día se estudia a una hora distinta, cada día hay que volver a negociar. En cambio, cuando hay una franja más o menos fija, por ejemplo después de merendar y descansar un rato, el estudio pasa a formar parte de la rutina y cuesta mucho menos ponerse.

Y luego está el gran ladrón de la concentración: el móvil.

Cada notificación interrumpe y, después, cuesta varios minutos volver a centrarse. No se trata de prohibirlo ni de convertirlo en una batalla diaria, sino de llegar a un acuerdo con ellos: mientras se estudia, el móvil se queda en otra habitación y se recupera en los descansos. Cuando la norma la pactáis juntos, es mucho más fácil que se cumpla. Y si en casa los adultos también intentamos dar ejemplo, mejor todavía.

Acompañar sin hacer las cosas por ellos

Cuando vemos que se atascan con un ejercicio, la tentación de resolverlo nosotros es enorme. Sin embargo, nuestro papel no es hacer los deberes, sino ayudarles a que aprendan a hacerlos solos. Muchas veces basta con preguntar "¿qué te pide exactamente el ejercicio?" o "¿dónde viene esto en el libro?" para que encuentren el camino por sí mismos.

Donde sí podemos echar una mano, y mucho, es en la organización.

A muchos adolescentes no les cuesta tanto estudiar como planificarse. Una agenda bien usada o un calendario en la pared de su habitación, donde apunten exámenes, trabajos y fechas de entrega, les ayuda a ver la semana de un vistazo y a no dejarlo todo para el último día.

Un buen momento para repasarlo juntos es el domingo por la tarde o el lunes al llegar del instituto. Más que preguntar "¿has terminado?”, funciona mejor un "¿qué tienes esta semana?" o "¿cómo te vas a organizar para el examen del jueves?”. Así les ayudáis a pensar por adelantado, que es justo la habilidad que más les va a servir en los próximos cursos.

Estudiar mejor, no más horas

Pasar tres horas seguidas delante de los libros no significa haber estudiado tres horas. La atención se agota, y a partir de cierto punto se lee sin enterarse de nada. Por eso suele funcionar mejor trabajar en bloques de entre 30 y 45 minutos, con descansos cortos entre medias para estirarse, beber agua o despejarse un poco. Empezar por la tarea más difícil, cuando todavía hay energía, también marca la diferencia.

Otra idea importante es que estudiar no es solo leer y releer.

Lo que de verdad ayuda a aprender es trabajar el contenido: subrayar lo esencial, hacer un esquema o un resumen con sus propias palabras, inventarse preguntas o intentar explicar el tema en voz alta. Aquí podéis tener un papel muy bonito: pedidles que os cuenten lo que están estudiando. Si son capaces de explicároslo de forma clara, es señal de que lo han entendido. Y si se lían, ya saben qué parte tienen que repasar.

Por último, conviene recordarles que estudiar un poco cada día rinde mucho más que darse un atracón la noche antes del examen. Repasar con regularidad hace que lo aprendido se quede, y además reduce muchísimo los nervios.

El esfuerzo también merece aplauso. Las notas importan, claro, pero no lo son todo. Un "se nota que te lo has currado" o un “me gusta cómo te has organizado esta semana" motiva mucho más que cualquier sermón. Cuando reconocemos el esfuerzo, la constancia y las pequeñas mejoras, les estamos enseñando que el trabajo merece la pena, independientemente del resultado de un examen concreto.

Habrá días malos, suspensos inesperados y momentos de frustración.

Es parte del camino. En esos momentos, lo que más ayuda es mantener la calma y cambiar la pregunta: en lugar de buscar culpables, sentarse con ellos y pensar juntos "¿qué ha pasado?" y "¿qué podemos hacer distinto la próxima vez?". Un error bien analizado enseña mucho más que un aprobado sin pensar.

Y no olvidemos que la adolescencia es una etapa de muchos cambios. A veces, detrás de la falta de ganas hay cansancio, preocupaciones con los amigos o simplemente un mal día. Escucharles sin juzgar y mostrar interés por cómo se sienten, no solo por cómo les va en clase, también forma parte de acompañar su aprendizaje.

Descansar también es estudiar

Un adolescente que duerme poco rinde menos, se concentra peor y se frustra antes. Dormir las horas suficientes, sobre todo entre semana, es una de las mejores ayudas para el estudio, aunque muchas veces lo pasemos por alto. Dejar las pantallas un rato antes de acostarse, cenar a una hora razonable y mantener horarios parecidos cada día ayuda más de lo que parece.

Igual de importante es que tengan tiempo para lo que les gusta: hacer deporte, quedar con sus amigos, tocar un instrumento o simplemente no hacer nada durante un rato. El tiempo libre no le quita espacio al estudio, sino que les da la energía y el equilibrio que necesitan para afrontarlo con ganas.

No estáis solos

Si notáis que vuestro hijo o hija se bloquea a menudo, que se frustra más de lo habitual, que le cuesta mucho más que antes o que ha perdido el interés por los estudios, no esperéis a que llegue el final del trimestre. Hablad con su tutor o tutora, o poneos en contacto con el Departamento de Orientación. Estamos aquí precisamente para eso: para escuchar, buscar juntos lo que está pasando y encontrar la mejor manera de ayudarle.

Al final, lo que más ayuda no es estar encima de ellos todo el tiempo, sino estar cerca. Un poco de interés diario, mucha paciencia y la confianza en que pueden conseguirlo marcan una diferencia enorme. Y recordad que el instituto y la familia remamos en la misma dirección.